Por: José María Méndez

Javier Milei repite como un mantra que “en 30 años vamos a estar bien”. Lo dice con convicción, como si esa promesa alcanzara para calmar el hambre, pagar el alquiler o conseguir trabajo. Pero la realidad es mucho más cruda: la gente no vive dentro de 30 años, vive hoy.

El problema no es pensar en el largo plazo. Todo país serio necesita un horizonte, un proyecto, una idea de futuro. El problema es gobernar sólo para un futuro abstracto, mientras el presente se desmorona. Porque hoy hay familias que no llegan a fin de mes, trabajadores que perdieron su empleo, jubilados que eligen entre medicamentos o comida, y jóvenes que no ven ninguna oportunidad real.

Cuando el Presidente habla de sacrificios, parece olvidar que no todos parten del mismo lugar. No es lo mismo “aguantar” cuando se tiene ahorros, patrimonio o redes de contención, que cuando se vive al día. Para millones de argentinos, esperar 30 años no es una opción: necesitan trabajar hoy, comer hoy, vivir hoy.

Además, hay una verdad incómoda que nadie dice en voz alta. Los argentinos que hoy tienen 40, 50 o 60 años difícilmente lleguen a disfrutar ese supuesto país próspero del que habla Milei. Muchos de ellos ya entregaron décadas de esfuerzo, pagaron impuestos, atravesaron crisis tras crisis y siguen esperando que alguna vez el bienestar les toque la puerta. Pedirles ahora que sacrifiquen lo poco que tienen en nombre de un futuro que probablemente no verán es, como mínimo, injusto.

Incluso el propio Milei tampoco verá ese resultado. Entonces cabe preguntarse: ¿para quién es ese país dentro de 30 años? ¿Quién paga el costo hoy y quién se beneficia mañana?

Gobernar no es sólo hacer cuentas o aplicar teorías económicas. Gobernar es entender el tiempo de la gente, sus urgencias, sus miedos y sus necesidades. Un plan económico que no contempla el presente termina siendo un experimento social donde los que siempre pierden vuelven a perder.

La Argentina no necesita elegir entre presente o futuro. Necesita un rumbo que reconstruya hoy sin hipotecar mañana. Porque ningún país sale adelante dejando a su gente en el camino. Y porque el futuro, para ser creíble, tiene que empezar ahora.