Por José María Méndez

En un contexto social marcado por la desconfianza y el hartazgo, la política enfrenta un desafío central: recuperar credibilidad. Para lograrlo, resulta indispensable actuar con transparencia, dejando de lado prácticas que solo profundizan la grieta y debilitan la convivencia democrática, como las mentiras, las calumnias y las injurias.

El debate político debería estar centrado en ideas, propuestas y proyectos que mejoren la vida de la comunidad, y no en ataques personales o desinformación. Cuando la mentira se instala como herramienta, no solo se daña a los adversarios circunstanciales, sino también a las instituciones y a la propia democracia.

La ciudadanía reclama dirigentes responsables, capaces de decir la verdad, asumir errores y discutir con respeto. La transparencia no es solo una consigna: es una obligación ética de quienes ejercen cargos públicos o aspiran a hacerlo. Implica coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, rendición de cuentas y un compromiso real con el interés común.

Erradicar la calumnia y la injuria del escenario político no significa eliminar el disenso, sino elevar la calidad del debate. Una política basada en la verdad y el respeto fortalece la confianza social y contribuye a construir un futuro más justo y democrático.