La actividad fue convocada por UDEB FEB Bragado y reunió a integrantes de la comunidad educativa y vecinos en un encuentro de memoria y homenaje a Nancy Godoy. Durante la jornada hubo discursos, entre ellos los de María Eugenia Calderón, secretaria general de la FEB Bragado, y de la docente rural Mariela Bisio.

Bajo la consigna “Una tiza por Nancy”, el encuentro se desarrolló este jueves 29 de octubre, a las 11 horas, en la Plaza 25 de Mayo, con el objetivo de recordar a la docente y acompañar el pedido de justicia y esclarecimiento de su muerte.

La propuesta invitó a los presentes a llevar una tiza blanca como símbolo de la tarea docente y de todas las clases que quedaron sin dar.

Durante la actividad se realizó una lectura y un minuto de silencio. Además, los participantes dejaron sus tizas como gesto colectivo de homenaje y memoria.

Desde la organización se había aclarado que no se trataría de una marcha, sino de un encuentro sencillo y respetuoso, destinado a mantener vivo el recuerdo de Nancy Godoy y acompañar el reclamo de justicia.

EL MENSAJE DE MARIA EUGENIA CALDERÓN

Hoy tenemos una tiza blanca en nuestras manos.

Una tiza como las que Nanci Godoy utilizaba para enseñar. Como las que miles de docentes usamos todos los días para abrir caminos, despertar preguntas y enseñar a pensar.

Pero Nanci ya no va a volver a escribir en un pizarrón.

Y no podemos reunirnos solamente para lamentar su muerte. Tenemos la obligación de hablar de la realidad que su historia deja al descubierto.

Nanci era directora de una escuela rural. Una mujer que, según lo que se ha conocido, vivía en condiciones de enorme precariedad, intentaba acondicionar con sus propios recursos una escuela deteriorada y todavía no había cobrado por su trabajo allí.

Y Nanci trabajaba con miedo.

Una directora sin cobrar su sueldo, sosteniendo una escuela que el Estado debía garantizar y trabajando con miedo.

Esa imagen debería avergonzarnos como sociedad.

Porque la muerte de Nanci tiene un desenlace extremo, pero el abandono que refleja no es excepcional.

Los docentes conocemos demasiado bien las escuelas que funcionan gracias al sacrificio de sus trabajadores, los salarios que no alcanzan para vivir, las necesidades que cubrimos de nuestros bolsillos y el miedo a denunciar, a reclamar o a enfrentarnos con quienes tienen poder.

Nos exigen vocación para justificar lo que no están dispuestos a garantizar con derechos y recursos.

Y mientras los docentes reclamamos, buena parte de la sociedad mira para otro lado.

Nos exige que eduquemos, que contengamos, que resolvamos. Pero cuando pedimos salarios dignos, escuelas seguras y respeto por nuestro trabajo, demasiadas veces nos responde con indiferencia.

La educación es prioridad en cada discurso electoral. Después, cuando hay que sostenerla con decisiones y presupuesto, esa prioridad desaparece.

Pero la historia de Nanci nos enfrenta también con algo más profundo.

Con una sociedad que todavía arrastra un machismo estructural. Con territorios donde persisten prácticas de poder feudales, donde unos pocos pretenden decidir sobre la vida, el trabajo y la voluntad de los demás.

Las denuncias de irregularidades y posibles fraudes que rodean este caso deben investigarse hasta sus últimas consecuencias. No podemos anticipar responsabilidades que corresponde determinar a la Justicia, pero tampoco podemos aceptar que el miedo y el silencio sean la respuesta frente a quienes denuncian.

Porque el poder sin controles, el machismo y la impunidad encuentran terreno fértil allí donde las personas sienten que no pueden hablar.

Y es precisamente ahí donde la educación se vuelve indispensable.

Porque educar es enseñar a pensar. Y quien aprende a pensar también aprende a cuestionar, a reconocer sus derechos y a no someterse.

La educación nos hace libres. Nos permite comprender que ningún funcionario, ninguna autoridad y ningún poderoso es dueño de nuestra voluntad.

Por eso una educación pública fuerte, crítica y accesible para todos debería ser una verdadera prioridad nacional y provincial, no una promesa que se repite en campaña.

Y esa defensa no puede quedar solamente en manos de los docentes y de los sindicatos. La sociedad entera tiene que exigirla.

Porque cuando se empobrece a un docente, se abandona una escuela o se intenta silenciar una denuncia, no pierde solamente un trabajador: pierde la sociedad que queremos construir.

Hoy estamos acá por Nanci.

Por una mujer que merecía vivir, trabajar dignamente y enseñar sin miedo.

A Nanci no nos la devuelve nadie.

Y ninguna palabra que pronunciemos hoy podrá cambiar eso.

Pero sí podemos decidir que su historia no quede reducida a una noticia más.

Hoy vamos a dejar nuestras tizas junto a su imagen.

La tiza de Nanci ya no volverá a escribir. Pero su historia tiene que dejar una enseñanza que ningún poder pueda borrar: no hay educación sin dignidad, no hay libertad donde gobierna el miedo y no hay justicia posible en una sociedad que elige mirar para otro lado.

Por Nanci. Por todas las clases que quedaron sin dar.