El 24 de marzo de 1976 marcó un antes y un después en la historia argentina. El golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón dio inicio a una de las etapas más oscuras del país, con una dictadura cívico-militar que dejó miles de víctimas del terrorismo de Estado.

A 50 años de aquel hecho, la memoria no es solo una cuestión del pasado: es una construcción colectiva que también se sostiene en cada comunidad del interior, como Bragado, donde el impacto de aquellos años también dejó huellas profundas a partir de la desaparición de siete vecinos bragadenses, siendo ellos siempre recordados.

Aunque lejos de los grandes centros urbanos, Bragado no estuvo ajeno a lo ocurrido durante la dictadura. Como en tantos otros distritos del país, hubo vecinos que fueron perseguidos, silenciados o directamente desaparecidos. (Alicia Edith Ferri, Luis Sansoulet, Cecilia Luján Idiart, Alberto Luis Calou, Silvia Angione, José Scaccheri y Julio D’Angelo). Familias enteras atravesadas por el miedo, el dolor y la incertidumbre, historias que aún hoy siguen buscando justicia y reconocimiento.

En ese contexto, el trabajo de organismos como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo fue clave para visibilizar lo ocurrido y mantener viva la lucha, incluso en los momentos más difíciles. Su ejemplo trascendió generaciones y llegó también a ciudades como Bragado, donde la memoria se sostiene en actos, escuelas y espacios de reflexión.

Con el regreso de la democracia en 1983, bajo la presidencia de Raúl Alfonsín, comenzó el camino de reconstrucción institucional y de búsqueda de justicia. El histórico Juicio a las Juntas marcó un hito que posicionó a Argentina como ejemplo en el mundo en materia de derechos humanos.

En Bragado, como en todo el país, cada 24 de marzo se convierte en una fecha de reflexión. Instituciones educativas, organizaciones sociales y el propio Estado local suelen impulsar actividades que invitan a recordar, debatir y mantener viva la consigna de “Nunca Más”.

A medio siglo del golpe, el desafío sigue siendo el mismo: no olvidar. En tiempos donde aparecen discursos que relativizan lo ocurrido, sostener la memoria es una responsabilidad colectiva. Y en ciudades como Bragado, donde la cercanía hace que cada historia tenga nombre y apellido, ese compromiso se vuelve aún más profundo.

Porque la memoria no es solo un ejercicio histórico: es una herramienta para construir una sociedad más justa, con conciencia y con futuro.