Por José María Méndez

La sociedad argentina parece adormecida frente a problemas gravísimos por una mezcla de factores que se fueron acumulando durante años. No es apatía pura: es agotamiento, confusión y también desencanto.

Primero, el cansancio.
La crisis dejó de ser un hecho excepcional y pasó a ser el estado permanente. Inflación, inseguridad, pérdida de poder adquisitivo, servicios que no funcionan. Cuando todo es urgente, nada lo es. Mucha gente está en modo supervivencia: llegar a fin de mes, sostener el laburo, cuidar a la familia. No queda energía para la protesta sostenida.

Después, la naturalización del desastre.
Lo que hace 15 o 20 años hubiese provocado estallidos hoy se acepta como “lo normal”. Se corrió el umbral de lo tolerable. La frase “siempre estuvimos mal” es peligrosísima, porque anestesia.

También está la fragmentación social.
No hay un “nosotros” claro. Cada sector vive una crisis distinta y muchas veces enfrentada a la del otro. El trabajador formal mira al informal con recelo, el privado al estatal, el joven al jubilado. Sin un diagnóstico común, no hay reacción colectiva.

Sumale la desconfianza total en la política y en las instituciones.
Para muchos, protestar ya no sirve porque “son todos iguales” o “nunca cambia nada”. Esa idea —verdadera o no— paraliza. Cuando no se ve horizonte, la gente se repliega.

Y hay algo más incómodo de decir: el entretenimiento como anestesia.
Redes, escándalos, peleas constantes, indignaciones de 24 horas que se consumen y se descartan. Mucha bronca, pero dispersa. Mucha opinión, poca organización.

Ojo: que no haya estallido no significa que no haya malestar.
La historia argentina muestra que el silencio prolongado suele ser antesala de reacciones bruscas, no de aceptación eterna. El problema es que cuando la sociedad despierta de golpe, muchas veces lo hace sin rumbo.

Tal vez la pregunta de fondo no sea solo por qué estamos adormecidos, sino qué nos haría volver a sentir que vale la pena involucrarse.