Por José María Méndez

Lo de Lilia Lemoine (diputada libertaria) con el caso del nene autista no fue un “exceso verbal” ni una frase mal sacada de contexto: fue una muestra brutal de deshumanización y de una ignorancia peligrosa ejercida desde una banca nacional. Cuando una diputada reduce una situación de extrema vulnerabilidad a una discusión ideológica o económica, deja de representar al pueblo y pasa a representar la crueldad del ajuste sin rostro.

Hablar livianamente de discapacidad, minimizar realidades complejas como el autismo y poner en duda derechos básicos —tratamientos, acompañamientos, contención— no es valentía ni sinceridad brutal: es falta de empatía, de formación y de responsabilidad institucional. Más grave aún cuando esas palabras vienen de alguien que cobra un sueldo del Estado para legislar, no para provocar desde la comodidad del micrófono.

El caso del nene autista expuso algo más profundo: para ciertos sectores del liberalismo extremo, las personas dejan de ser sujetos de derecho y pasan a ser números, costos o “problemas”. Y cuando un funcionario piensa así, el daño no es simbólico: se traduce en políticas que expulsan, abandonan y lastiman.

Lemoine no habló como ciudadana común: habló como diputada nacional. Y cuando desde ese lugar se banaliza el sufrimiento de una familia y se ignora lo que implica vivir con una condición del espectro autista, lo que queda en evidencia no es coraje, sino una alarmante falta de humanidad.

La política no puede ser un experimento de cinismo permanente. Y mucho menos cuando los que pagan el precio son los más vulnerables.